Y dejando las redes, le siguieron…

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No cabe duda de que el avance técnico nos ha brindado herramientas que hacen de nuestra vida mucho mejor, nos ayudan a ahorrar tiempo, de manera que podamos dedicarlo para actividades más recreativas o que nos ayuden a ser mejores. Pero ¿y si no es así? Si por el contrario el tiempo que economizamos, por ejemplo, al usar google maps o Waze cuando vamos de camino, lo invertimos en seguir delante de la pantalla observando, sin objetivo alguno, las redes sociales en las que se nos muestra una falsa felicidad propia y de los demás; siendo bombardeados con infinidad de ruido que desborda nuestro ser haciéndolo cada día incapaces de escuchar la tenue voz de Dios, que llama en el interior de cada uno de nosotros para invitarnos a vivir una historia de libertad.

“Nada hay fuera del hombre que, entrando en él, pueda contaminarle; lo que realmente contamina al hombre es lo que sale de él” (Mc 7, 15) No se trata de demonizar las nuevas tecnologías o las redes sociales, sino alertar sobre la creciente incapacidad que cada día desarrollamos para despegarnos de ellas y dedicar un momento a la escucha de Dios y los demás. Las nuevas tecnologías, cuando no van acompañadas de la caridad, se convierten en armas “capaces de realizar formas de control tan sutiles como invasivas, creando mecanismos de manipulación de las conciencias”.[1] Este nuevo océano de información donde somos segregados por algoritmos que nos unen a personas con el mismo gusto y pensar, nos hace cada vez menos tolerantes a la diversidad de pensamientos y más cerrados al diálogo, complicando el camino a la libertad y la decisión de seguimiento de Cristo.

Jesús les dijo: “Vengan conmigo y les haré pescadores de hombres.” Ellos dejaron las redes al instante y le siguieron. Este pasaje no deja de ser sugerente si lo aplicamos a las redes sociales. Escuchar a Dios que nos habla, se da en el momento preciso cuando el corazón silencia los ruidos que nos aturden constantemente durante el día. Es solo en el silencio interior, no solo exterior, cuando la llamada de Dios se hace escuchar y nos abre a una vida de sentido y entrega. La vocación cristiana, y de forma particular, la vocación como estado de vida, se descubre en el diálogo constante con Dios, es decir, en la oración. Para escuchar “vengan conmigo” se requiere renuncia al ruido constante que nos proviene del trabajo con las redes y confianza para dejarlas y seguirle.

Podría alguien estar de acuerdo o en desacuerdo, pero lo que creo que importa es preguntarse con sinceridad, ¿realmente estoy dispuesto a dejar las redes para seguir a Cristo?


[1] Christus Vivit 89

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