La piedra de la discordia

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Canterbury, Inglaterra, invierno de 1534.

Los días estaban llenos de tensión en el Convento de Canterbury luego de recibir las noticias procedentes de Londres. Allá a unos 70 kilómetros el monarca Enrique VIII había sido nombrado único Señor y cabeza de la Iglesia en Inglaterra por el Parlamento.

Uno de los frailes que constituían aquella comunidad de Canterbury, no dejaba de pensar en las repercusiones que aquellas decisiones tendrían para la Iglesia Católica.

—Se ha completado el cisma —pensó aquel fraile agustino con gran preocupación.

Su nombre era John Stone.

Como religioso seguidor de San Agustín, John procuraba en todo momento vivir desde la verdad y sus esfuerzos pastorales tenían como objetivo exhortar a sus fieles a vivir desde la misma. Ello le llevó en muchas ocasiones a denunciar los caprichos del Rey Enrique VIII, quien no había descansado hasta conseguir hacía un año, en la primavera de 1533, su deseo de casarse con su amante.

Canterbury, Inglaterra, invierno de 1538.

John recorría raudo los pasillos del convento para congregarse con los demás religiosos:

—Ha llegado un emisario de la corte del Rey —escuchó decir a uno de los novicios que pasó a su lado de camino a la sala de comunidad.

El silencio que presenció al llegar a la Sala Capitular era casi sepulcral. Ante ellos se encontraba el Obispo Richard Yngworth, encargado de declarar la orden del rey en el convento y que les cambiaría la vida a todos.

—… por lo tanto, por mandato del rey Enrique VIII, Cabeza y Señor de la Iglesia de Inglaterra, se exige el cierre de este convento. De igual forma todos los religiosos que en él residen deben tomar juramento de fidelidad al rey. —Leía el emisario del rey a los frailes agustinos que se encontraban presentes.

Todos quedaron enmudecidos ante las palabras finales del acta.

— Nuestro servicio al Señor es lo esencial —dijo uno de los frailes mayores dirigiéndose a todos sus hermanos ­­­—; Seguiremos sirviendo al Señor como lo hemos hecho hasta ahora.

—Y qué pasa con nuestra fidelidad al Sumo Pontífice —replicó un joven fraile; el mismo que John vio de camino a la Sala.

No fue sorpresa para John conocer que un ser tan caprichoso como Enrique VIII estuviera dispuesto a ceder en su deseo de poder. —Un acto tan déspota como el que realizó Herodes con Juan el Bautista —pensó John.

Lo que no se pudo imaginar es que esa misma historia se repetiría 16 siglos después y que viviría él en carne propia.

Se generó un coro de reclamos y lamentaciones entre los frailes presentes. De repente:

         — ¡Yo no firmaré! —gritó John en señal de protesta. —Uno solo es cabeza de la Iglesia, el Papa. Enrique VIII no puede ser cabeza de la Iglesia de Inglaterra, esa misión corresponde a un padre espiritual nombrado por Dios.

Los ojos de los presentes se posaron en Stone. Hubo silencio.

Un gesto tenue del obispo Richard Yngworth sugería separar a Stone del resto de sus hermanos, evitando que “influyera sobre ellos y cambiaran de opinión.” El prelado rompió el silencio:

         — Si su caridad no desea rendir juramento a su rey, me temo que no es un súbdito honorable; por tanto, debe ser encarcelado por desobediencia — respondió el emisario con frialdad en su tono —. ¡Llévenselo!

John obedeció y se dejó llevar.

Caminaba con el corazón roto al recordar a sus hermanos que, por miedo, desfilaban para firmar el reconocimiento del rey Enrique como autoridad real. Oró por ellos; pero no dejaba de sentirse desconcertado por la respuesta de quienes se decían seguidores de Cristo y su Iglesia:

—¿Es acaso nuestro amor tan limitado que ante las pruebas sucumbe presa del miedo?  . —pensó

Se sintió solo por primera vez en mucho tiempo; y recordó lo que su padre espiritual san Agustín escribía sobre la fidelidad:

Permaneced fuertes no sólo amando a Dios, sino también odiando el mal. Nadie os atemorice. El que os llamó es más poderoso; es omnipotente; más fuerte que el más fuerte, más excelso que el más excelso.[1]

Su pensamiento se vio interrumpido por la voz de uno de los guardias que lo llevaba:

         — ¡Sube! Vamos a pasear. — dijo con tono imperativo. Mientras señalaba un carruaje.

Londres, Inglaterra, invierno de 1538

Thomas Cromwell, un hombre rechoncho de cara amplia decorada con una nariz redonda y ojos duros y profundos, se dirigía hacia la estancia donde se encontraba el fraile agustino.

— Fray John Stone.­— Dijo Cromwell al ver al acusado de traición. — Todo esto es un mal entendido. Nosotros, el rey y mi persona, no deseamos que la labor que has realizado como predicador de la palabra de nuestro Señor Jesucristo deje de ser escuchada por tantos fieles necesitados de ella. No quiero que tu ministerio quede truncado.

Cromwell comenzó a pasear a alrededor de la estancia y añadió:

— Lo importante es que puedas seguir predicando la palabra de Dios a todos tus fieles para que les ayude a ser mejores ciudadanos de la corona. Por eso lo que deseo… —se aclaró la garganta; — perdón, lo que deseamos es que simplemente firmes el juramento… —se detuvo por un momento y continuo.

—Es solo un papel John.  Un trámite meramente administrativo. —insistía el abogado real. —Dios sabe lo que llevas en el corazón y eso basta.

Sí, se trataba de un simple papel desde un punto de vista objetivo, pero para John era la renuncia a su propio ser.

— Con qué me quedo yo, si renuncio al por qué de mi propia existencia. —respondió John. —Si lo hago estaré siendo participe de la mentira y víctima de mis miedos. Dejaré de vivir de la verdad y comenzaré a subsistir de lo que me dicte la realeza. Solo uno es Rey, Jesucristo; y uno solo su mediador, el Papa. No el capricho del rey.

— Veo que esto no va a llegar a ninguna parte —Concluyó Cromwell. —Tendrás mucho tiempo para meditar John. Llévenselo a la Torre.

Westgate Tower, Canterbury, invierno de 1539

Luego de un juicio transitorio donde había sido condenado de alta traición, John se encontraba sentado en su calabozo haciendo suyas las palabras del apóstol san Pablo:

Hemos sentido la amenaza de la muerte, pero eso nos ha servido para que no pongamos nuestra confianza en nosotros mismos, sino en Dios, que resucita a los muertos.[2]

Stone pasaba toda su jornada en constante oración con el objetivo de no sucumbir al acecho de traicionar su fe en Dios y a su Iglesia. Su vida había sido de entrega a la labor de la predicación y la enseñanza de la Sagradas Escrituras a sus fieles.

         —Quien sea digno de mí que tome su cruz y me siga. —repasaba una y otra vez las palabras de Jesús.

John se preguntaba repetidas veces qué puede llevar a una persona a dejar de lado aquello por lo que cree y cambiar sus valores por lo que le exija una autoridad o su sociedad. Es muy sutil el actuar del mal en la vida que, sin darnos cuenta, vamos dejando nuestra fe a un lado, y cuando nos damos cuenta, ya estamos muy lejos e incapaces de seguir el llamado de Dios porque los ruidos que distraen no dejan de sonar en el interior.

         — Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para aliviar mi dolor. —Se dijo — Me duele haber visto a mis hermanos firmar el juramento, pero más me duele saber que hay quienes se dejan llevar tan fácil por las mieles del mundo y no siente remordimiento porque se ven acompañados de muchos otros que son iguales.

En una plaza cerca de Westgate Tower, 27 de diciembre de 1539

El cuerpo sin vida de John colgaba en la horca que habían instalado para la ejecución del fraile agustino.

Momentos antes a su ejecución dirigió sus últimas palabras que aún siguen resonando:

         — De esta manera cierro mi apostolado con mi sangre; en mi muerte encontraré la vida, porque muero por una causa santa, la defensa de la Iglesia de Dios, infalible e inmaculada. —gritó Stone a los presentes que por motivos diversos se congregaron a su alrededor. Entre ellos Thomas Cromwell.

Fray John Stone

Epílogo

En 1886 el papa León XIII beatificó a John Stone y Pablo VI lo canonizó el 25 de octubre de 1970 junto a otros treinta y nueve mártires ingleses. En su canonización el Papa Pablo VI decía:

La Iglesia y el mundo de hoy tienen suma necesidad de estos hombres y mujeres, de toda condición y estado de vida, sacerdotes, religiosos y laicos, porque únicamente personas de una estatura y santidad así, serán capaces de cambiar el rostro atormentado de nuestro mundo (…)”


[1] En. in Ps. 96, 17

[2] 2 Cor 1, 9

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