Predicar a los peces…

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Permitidme que en estas líneas os cuente algo de mi vida. Como todos los jóvenes de mi entorno, en su día me planteé qué quería Dios de mí. Digo mi entorno, porque he crecido y vivido en un entorno cristiano. Y era lo normal plantearse la vida religiosa, ya fuera en la parroquia, en el colegio o en la familia. Preguntarse por la vocación era entonces parte del crecimiento. ¡Y no soy tan mayor! Pero es verdad que el entorno es importante, y hoy el paisaje es muy distinto. No conozco muchos jóvenes que se planteen su vocación. Aunque haberlos, los hay, gracias a Dios.

Yo lo tuve claro desde pequeña. Quería hacer “casitas” y quería una familia. No me sentía llamada a la vida religiosa, a pesar de que mis monjas me querían ursulina. Los frailes de mi parroquia nunca me presionaron, pero nos acompañaban en el camino vocacional. Acudía a convivencias y me reafirmaba más en mi decisión. Quería vivir mi vida religiosa desde la familia, con la imagen idílica de un marido con quien compartir mi vocación y unos hijos a los que educar en el amor a Dios y al prójimo.

La realidad aparece pronto. Conseguí mi carrera profesional, “hacer casitas”; y conocí a un hombre con quien podría compartir mi vida. ¡¡¡Qué bonito!!! ¿Y la realidad? ¿Es todo como en un cuento romántico? Ojalá, pero no.

La vida profesional te enfrenta a dilemas: desarrollar una carrera rápida y prometedora no iba muy en concordancia con mis ideales juveniles. Continuamente acechaban tentaciones que me alejaban de esos sueños, y que me alejaban de los que los mantenían vivos. Nuevos entornos en los que las prioridades cambiaban: mejores proyectos, más dinero, contactos importantes para mi profesión, relaciones de esas que te hacen “taparte los ojos” para seguir creciendo. ¿Creciendo?

Y ese marido idílico ya no fue importante; tal vez este otro tenga mejor posición social, puede interesarme más sus aspiraciones. Y los hijos… bueno, lo importante es otra cosa, cuando hayamos vivido ya nos lo plantearemos. Y la parroquia para los fines de semana, o si se puede ir se va, que hay otras cosas antes.

PARA: ¿es esto lo que quieres? Pues parece que sí, porque todos me alaban, aplauden los logros conseguidos. Mi familia está contenta, los nuevos amigos se sienten orgullos de mí. Viajes, fiestas, lujos relativos… ¿Es esto lo que quieres? ¿Eres feliz? Cómo no, si ante mí se abre un horizonte en el que lo voy a tener todo.

PARA: ¿es esto lo que quieres? Porque aquí no está ese amigo tuyo de antes, Jesús. Ese con quien te sentías chiquita y acariciada ¿No te hace falta ya? No están los que predicaban  con su vida y a quienes tú escuchabas. Pero siguen ahí, hablándote como si fueras un pez.

PARA: ¿es esto lo que quieres? ¿Por qué te haces esa pregunta? Y me paro. Y me pregunto una vez más qué es lo que falla que no me hace feliz. Creo que esta no es mi vocación. Hay un San Antonio que me está hablando y soy un pez escuchando…

Tuve la suerte de que me invitaran a una convivencia, una Pascua Juvenil con gentes de otras provincias. Y tuve la Luz para saltar del agua y acudir. Y en tres días recordé lo olvidado; volví a ser pequeña y capaz de leer lo que se me estaba poniendo delante.

Tengo que resumir lo que ocurrió entonces. Mi vida se revolucionó. Conocí a aquel chico con el que soñaba, pero seguirlo significaba romper con todo. Mirar y ver en su rostro reflejada la ilusión que yo había perdido, me dio fuerzas para superar la decepción de mi familia y mis amigos. Porque tenía mi futuro organizado, y rompía con todo, justo cuando estaba iniciándose. Cambié de ciudad y dejé prometedores proyectos. Los amigos no me apoyan porque era una locura egoísta eso de “cumplir mi vocación”, “responder a una llamada”.

“Salid del agua y escuchad, que alguien os está hablando a vosotros, que tenéis entendimiento, oídos para oír y ojos para ver”.

Quería explicar lo que me había ocurrido, pero en esos momentos me sentía como el santo al que los hombres no quieren oír, y va a predicar a los peces. En fin, que me casé, y en dos años tuve tres hijos y me siguieron llamando loca. ¿Y tu carrera? Pero, ¿qué estás haciendo con tu vida? Estoy viviéndola, señores. Estoy leyendo las líneas que mi Dios está escribiendo. Salid del agua y escuchad, que alguien os está hablando a vosotros, que tenéis entendimiento, oídos para oír y ojos para ver.

Queridos amigos, ahora ya no me paro. Ahora soy feliz. Ahora mi vida está dando frutos, y estoy cumpliendo mi vocación. Ahora puedo predicar con mi vida y sus imperfecciones. Ya no predico a los peces, sino que día a día intento que mi vida sea una prédica a las personas. Esta es la búsqueda de la vocación a la que he sido llamada. Y doy gracias a aquellos que nunca me dejaron predicar, aunque yo fuera un pez; ahí estaban, acompañando.

A los que son jóvenes ahora, les digo: si os encontráis inquietos, buscad. Si os surgen preguntas, buscar respuestas. Hay buenas personas que con su vida nos muestran cómo es posible seguir a Jesús, cómo se encuentra la felicidad en la vocación realizada. Id y comprobadlo, id a ver cómo viven en comunidad religiosa o en familias cristianas. Preguntad, parad, y que la inquietud no desaparezca de vuestros corazones. Si os sentís incomprendidos, saltad del agua para demostrarles que sois felices, que los amáis y que vuestra opción de vida es para todos, para ellos.

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