UN ENCUENTRO QUE SACIA EL HAMBRE DEL CORAZÓN

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En este breve escrito les invito a profundizar en la festividad del Corpus Christi. Hablar del cuerpo de Cristo es hablar de nosotros mismos, entender lo que significa la Eucaristía y por qué Jesús nos la quiso dejar como un regalo precioso, es comenzar a respondernos muchas pregustas y cerrar algunos interrogantes de nuestra vida. Nuestra reflexión tendrá como eje las siguientes preguntas: ¿Por qué pan? ¿Por qué comerlo? ¿Por qué adorarlo y rezar delante de Él?

Si Jesús quiso quedarse entre nosotros en la forma del pan, es porque tiene un significado muy fuerte en su cultura y nos invita a buscar ese significado en la nuestra. El pan era el alimento cotidiano del pueblo, incluso podía llegar a ser el único alimento disponible en todo el día. Él mismo nos llevará a pedir “el pan de cada día” en la oración que nos enseñó para dirigirnos al Padre, pues era el alimento básico e indispensable para vivir.

Él es el único que puede saciarnos de verdad, y no solamente de alimento, sino de vida, de Amor.

Partiendo de esto comenzamos la reflexión con la primera pregunta: ¿Por qué pan? Porque Él es el único que puede saciarnos de verdad, y no solamente de alimento, sino de vida, de Amor. Todos nosotros somos “seres necesitados”, “buscadores de algo más” que llene y plenifique nuestra vida, una plenitud que solamente va a venir si miramos hacia lo alto, hacia el cielo y comenzamos a construir piedra a piedra el camino que nos lleve hacia allí. Él es EL PAN, el que puede saciarnos de verdad, el alimento básico e indispensable que necesitamos para nuestra vida.

De aquí podemos saltar a la siguiente pregunta; ¿Por qué comerlo? Porque el camino de la santidad, el que nos lleva al cielo, no se puede hacer sin vivir la experiencia de un encuentro que transforme, fortalezca e impulse nuestra vida. No estamos hablando de un “encuentro esporádico” ni “puntual”, tampoco de un encuentro que nos “deje contentos”, sino de un encuentro que atraviesa el corazón, un encuentro que llena de paz en mitad de la tormenta, de esperanza en mitad de la incertidumbre y el dolor, de Amor en mitad de una situación de infidelidad.

el camino de la santidad, el que nos lleva al cielo, no se puede hacer sin vivir la experiencia de un encuentro que transforme, fortalezca e impulse nuestra vida.

Al hablar de un encuentro con estas características lo primero que se nos puede venir a la cabeza es: ¿Dónde estará la persona con la que experimentar un encuentro así? Yo te lo digo, Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios. Él vino para mostrarnos con palabras y obras cuánto nos ama Dios y la mejor muestra de eso está en el momento de la cruz, donde dio su vida por cada uno de nosotros. Jesús no quiso que esta experiencia de amor en la cruz se quedase en algo puntual, sino que deseó que la experimentásemos cada día de nuestra vida, por eso en la última cena nos encontramos con estas palabras de Jesús:

«Esto es mi Cuerpo, que se entrega por ustedes. Hagan esto en memoria mía» (…) «Esta copa es la Nueva Alianza sellada con mi Sangre, que se derrama por ustedes.” (Lc,  19-20)

El encuentro del que hablamos solamente se puede vivir con Jesús dándose y entregándose por amor, abrazándolo en la cruz, donde nos amó hasta el extremo, experimentando ese amor de entrega en lo más profundo de nosotros, sintiendo que llega hasta nuestras mismas entrañas y desde ahí nos renueva. Comer la Eucaristía es recibir al Jesús que se dona y se entrega en amor por mí, es experimentar que estando en la cruz por mí, me abraza, que estando en la cruz por mí, lo abrazo y que entrando en mí, su amor permanece, se queda en mí, más allá de que todavía tengo pecados, de que soy infiel; Él se queda porque mi corazón desea la santidad; por eso entra en mí, por eso se queda, porque el corazón lo desea, porque el corazón lo necesita para saciarse de un encuentro de amor que lo haga mirar y desear el cielo. Comulgar es asumir en la vida el estilo de vida de la cruz, una vida que ama entregándose y sacrificándose por los “necesitados de Dios”.

Pero es tan grande el misterio de amor de Dios en la Eucaristía, que para que transforme nuestra vida por completo no solamente debemos quedarnos en “comerlo”, sino que estamos invitados a contemplarlo y rezarle.

Esto nos lleva a nuestra última pregunta; ¿Por qué rezar delante de Él y adorarlo? Porque es Jesús vivo. Si alguien nos pregunta, ¿dónde encuentro a Jesús? Llévalo a una iglesia, delante del sagrario y explícale qué es la Eucaristía y, después dile; “está ahí”. Rezamos y adoramos la Eucaristía porque tenemos a Jesús delante de nosotros, en la cruz, dando su vida por cada uno.

Pero la experiencia de la Eucaristía no se queda en el encuentro, sino también en lo que ocurre después de ese encuentro. Jesús nos llama, desde la experiencia del encuentro eucarístico, a ser “hostias vivas” en medio de nuestra sociedad, a vivir amando al estilo de la cruz, a ser instrumentos para que los demás se encuentren con el amor de Dios. Nos dirá nuestro Padre San Agustín en relación a la Eucaristía: “Sean lo que ven y reciban lo que son” (s. 272); y el mismo Jesús nos dice en Jn 6, 57: “El que me come vivirá por mí”. Una vida plena y con sentido solamente se podrá experimentar si asumimos el estilo de vida de Jesús, que tiene su punto más intenso en la cruz. Solamente viviendo como “otras hostias” en nuestro mundo podremos construir la “Civilización del Amor” de la que nos hablaba el Papa Pablo VI.

Para finalizar, podemos decir que Jesús, quedándose en el pan, nos está invitando a  un estilo de vida muy concreto: Amar hasta el extremo siendo “hostias vivas” en medio de nuestro mundo. Pero solamente podremos vivirlo si nos nutrimos de Él, contemplándolo como “LA HOSTIA VIVA”, rezándole y adorándolo para que nuestra mente y nuestro corazón vayan inundándose del amor que irradia; y comiéndolo, para vivir el encuentro de amor que nos impulsa a servir y amar hasta la cruz, en medio de nuestra familia y de nuestra sociedad.

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