San Alonso de Orozco “El Predicador de la Virgen”

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Nació́ en Oropesa (Toledo) el 17 de octubre de 1500. En las Confesiones, escritas, a ejemplo de san Agustín, para alabar al Señor y celebrar sus misericordias, cuenta algunos lances de su infancia. De niño estuvo a punto de morir ahogado en el Tajo, fue monaguillo en la iglesia matriz de Talavera de la Reina y perteneció́ a los seises de la catedral de Toledo. Aquí́ recibió́ una formación musical que seguiría cultivando hasta el fin de sus días. 

A los 14 años sus padres le llevaron a Salamanca, donde estudiaba su hermano mayor. Tras ocho años de estudios jurídicos, el 8 de junio de 1522, ingresó en la orden agustiniana y el 9 de junio del año siguiente emitió́ sus votos en manos de Tomás de Villanueva. Hacia el año 1527 se ordenó de sacerdote y desde el inició de su ministerio, se dedicó a la predicación; ésta será́ su principal tarea a lo largo de su vida, sobre todo desde que Carlos V le eligió́ para predicador real (1554).

Alonso era un predicador culto, con buena formación humanística y versado en las ciencias bíblicas y teológicas. Conocía el griego y el hebreo y se movía con familiaridad en el mundo de los Padres de la Iglesia y de la teología escolástica. A san Agustín y santo Tomás los conocía a fondo y a ellos acudía frecuentemente tanto en sus sermones como en sus escritos. Él mismo cuenta cómo recibió́ de labios de la Virgen María la orden de escribir. Publicó también abundantes sermones y fue cultivador asiduo del género epistolar, que le permitía llevar su mensaje a toda clase de personas. Escribe a reyes y príncipes, a obispos y misioneros, a sacerdotes, religiosas y seglares. 

Orozco fue un cantor inspirado de las excelencias de la oración; ésta es para él la puerta por donde entran todas las gracias, “el remedio de todos los males” y “la escuela donde se aprende a servir a Dios”. Su oración personal, centro neurálgico de su vida, tenia una clara entonación eucarística y mariana. Celebraba misa a diario y la aconsejaba a todos los sacerdotes. A nuestra Señora le dedicó tres de los cinco conventos que fundó y cantó sus glorias en seis libros y numerosos sermones llenos de lirismo y piedad filial, y puso al servicio de sus privilegios su saber teológico y su genio poético. 

Cultivó también un ferviente amor a su propia Orden, componiendo obras sobre su historia y su espiritualidad con ánimo de mover a la imitación de sus hombres mejores. En esta misma línea, inducido por un deseo de reforma interior, que luego convergería con el movimiento de recolección en la misma Orden, llevó a término varias fundaciones de conventos tanto de religiosos agustinos como de agustinas de vida contemplativa. 

Quiso ser misionero y acompañar al grupo de connovicios que embarcaron como evangelizadores hacia el nuevo mundo. En 1547 – durante la travesía hasta Canarias – enfermó y los médicos le recomendaron que regresara a la península.

En la caridad con los pobres siguió́ los pasos de su maestro Tomás de Villanueva. A ellos dedicaba la tercera parte del salario que recibía como predicador real y por ellos llamaba con frecuencia a la puerta de gente acomodada y aun del mismo rey. 

A pesar de sus frecuentes enfermedades Alonso llegó a los 90 años en condiciones aceptables. El 19 de septiembre, entregaba su alma al Creador abrazado a la cruz de palo de la que desde su frustrado viaje a México (1548) nunca se había desprendido. 

Fue beatificado por el Papa León XIII el 15 de enero de 1882 y canonizado el 19 de mayo de 2002 por el Papa Juan Pablo II en la Plaza de San Pedro de Roma. Sus restos reposan en la capilla del convento de agustinas contemplativas que lleva su nombre, en la calle La Granja de Madrid.

 

San Alonso nos enseña que, a través de la oración nos encontramos plenamente con el Señor. Es un camino no siempre sencillo, que tiene sus momentos de gran entusiasmo y otros en los cuales se quiere renunciar. La contemplación de los divinos misterios y el amor a María Santísima, deben ser para todo cristiano fuentes de inspiración en su vida  aliento para vivir a plenitud la vocación, que cada uno ha recibido desde el bautismo.

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