Lámpara y brújula

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Las Sagradas Escrituras deben ser la lámpara y la brújula del hombre agustiniano, deben ser el instrumento que le guíe en su oración y en su vida hacia el encuentro con Dios, particularmente para descubrir la voluntad de Dios en el diálogo interno con el Señor, pues el mejor servidor del Señor no es el que oye lo que quiere de parte de Dios, sino el que llega a querer y a abrazar con amor la voluntad de Dios: «Tu mejor servidor es aquél que no tiene sus miras puestas en el oír de tus labios lo que él quiere, sino en querer, sobre todo, aquello que ha oído de tu boca»[1].

Para san Agustín las Escrituras son un instrumento privilegiado que ayuda a la purificación del ojo interior del corazón, para poder llegar a contemplar a Dios. La asidua lectura y meditación sosegada de la palabra de Dios, nos capacita a vivir un proceso de purificación interior, para poder descubrir lo que Dios quiere de nosotros en un momento determinado de nuestra vida. Por eso señala san Agustín: «todo nuestro esfuerzo en esta vida ha de consistir en sanar el ojo del corazón para ver a Dios (…) con esta finalidad se predica la palabra de Dios; a eso van dirigidas las exhortaciones morales de la Iglesia (…) a esta finalidad va encaminado todo el actuar de las Escrituras divinas y santas, para que se purifique nuestro interior de lo que nos impide la contemplación de Dios»[2].

Pero fundamentalmente las Escrituras son para san Agustín el recordatorio de un elemento esencial: que su vida, y la vida de todo creyente, se encuentra inmersa en el misterio del amor de Dios. De este modo san Agustín nos invitaría a pensar lo que el escritor Ray Bradbury propuso genialmente en su novela Farenheit 451. El novelista señala que en un momento del futuro se había querido destruir toda la cultura, y por ello se había establecido una policía que era la encargada de requisar todos los libros que existieran y de quemarlos. De hecho el título, Farenheit 451 hace alusión a la temperatura a la que arde el papel. De este modo esta policía especial se encargaba de requisar y quemar todos los libros. No obstante, Bradbury apunta a que la cultura no murió, pues muchas personas se habían aprendido de memoria diversos libros, y así ellos se convirtieron en los portadores de dichas obras de arte literaria, hasta que llegaran tiempos mejores y los libros pudieran ser escritos de nuevo. Lo mismo sucedería si todas las Biblias fueran quemadas y destruidas. San Agustín dice que si solo sobreviviera el texto de 1 Jn 4, 8, donde el apóstol san Juan nos recuerda que Dios es amor, eso debería bastarnos. Todo el resto de las Escrituras, de hecho, no es sino una glosa y un comentario a ese texto esencial. Así lo comenta san Agustín: «Dios es amor. ¿Qué más pudo decir, hermanos? Aunque en las restantes páginas de esta carta no dijese nada más en alabanza de la caridad, aunque no dijese nada más en el resto de la Escritura entera y oyésemos de la voz del Espíritu de Dios esta misma cosa, que Dios es amor, nada más deberíamos buscar»[3].


[1] conf. 10, 37.

[2] s. 88, 5.

[3] ep. Io. tr. 7, 4.

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