El limosnero de Dios

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Tomás de Villanueva es, sin duda alguna, uno de los santos más ilustres en el santoral agustiniano.

Nació en Fuenllana (España), un pequeño pueblo de la provincia de Ciudad Real, el año 1486. La educación recibida de sus padres y su paso como alumno por el convento franciscano de Villanueva de los Infantes, marcaron en su alma una particular sensibilidad por los pobres. Más tarde, recibiría el título de “Limosnero de Dios” y “Arzobispo de los pobres”.

En Salamanca ingresó en el Convento de San Agustín, donde también profesó como religioso, el 25 de noviembre de 1517. Después de la ordenación sacerdotal – el 18 de diciembre de 1518 -,  los superiores le encomendaron distintas tareas de gobierno y los cargos se sucedieron uno tras otro como Prior, Provincial, Visitador… Su mayor empeño era la vida de las comunidades y la observancia responsable de las normas. También promovió el envío de misioneros agustinos al Nuevo Mundo. Confesor y predicador de Carlos V, al quedar vacante la sede de Valencia fue propuesto – contra su voluntad- arzobispo de aquella diócesis mediterránea en 1544.

Los tiempos que le tocaron vivir a nuestro santo son muy similares a los nuestros. Hoy están vigentes los mismos problemas que tuvo que afrontar en su época. Tiempos inseguros entonces y ahora. Vacilantes aquellos tiempos y vacilantes en nuestros días. Al llegar a la Arquidiócesis de Valencia, se encontró con una Iglesia anquilosada, sin vitalidad, sin pujanza interior; abandonada después de más de un siglo sin obispo residencial. Le duele la situación de la Iglesia y sueña con una Iglesia viva, por eso visitó una a una todas las parroquias de la Arquidiócesis, convocó un sínodo diocesano en 1548 y adelantándose al Concilio de Trento fundó en 1550 el Colegio-seminario de la Presentación, para atender la formación de los futuros sacerdotes, asistió a los menesterosos e intentó la evangelización de los moriscos.

Nuestro santo es consiente de que una gran obligación se impone al pastor. Tiene que predicar, reprender, corregir. No se pueden admitir silencios culpables, no se puede negar el alimento espiritual a los que se le han encomendado. Ha recibido unos tesoros de lo Alto que tiene que poner al servicio de sus fieles. Tomás de Villanueva lo tiene presente en todo momento y adopta en su ministerio un sentido pastoral, como Jesús en el Evangelio. Todo lo ordenará para el bien de sus fieles según el lema agustino: Ni excesivo rigor, ni excesiva condescendencia. Todo se debe sacrificar en la atención al servicio de las almas. Imagen viva del Evangelio, representa a Cristo, Buen Pastor, en la paciencia, la humildad y la misericordia.

Aunque la Arquidiócesis de Valencia era una de las más ricas de su tiempo, Santo Tomás siempre vivió con gran pobreza y desde el primer momento fue consciente de que los bienes de la Iglesia no son de los pastores, sino que son simplemente administradores, y como tal comenzó a comportarse. Prefirió siempre el hábito religioso a los trajes episcopales. Cuando le pedían que se vistiera y tratara como arzobispo, para que fuera reconocido como tal, decía: “El ser arzobispo entendía él que era tratar bien a los pobres y mirar por ellos, y no por sí”. Dio mucho dinero a los pobres y necesitados de su Arquidiócesis, pero aún dio algo más importante, que es el amor y afecto con que lo dio. Ejercía personalmente la tarea de entregar las limosnas a los pobres (este gesto lo han inmortalizado pintores de todos los tiempos).

Apoyados en el ejemplo e intercesión de Santo Tomás de Villanueva, sigamos con alegría a Jesucristo, camino, verdad y vida.

Como pastor y predicador, Santo Tomás nos ha dejado en sus sermones y escritos un tesoro de doctrina teológica, pastoral y espiritual.  Sus fuentes preferidas eran la Biblia, los Padres de la Iglesia (con atención especial a San Agustín) y los autores espirituales de la época. Sus sermones manifiestan gran sencillez en la materia y en la exposición, el lenguaje que usa está normalmente al alcance de todos, su estilo es único y común a todos. Con sus escritos se nos presenta como un testigo excepcional en unos momentos en que la Iglesia española, y aún la universal, estaban experimentando una renovación eclesial a fondo.

El día 8 de septiembre de 1555 nuestro santo entregaba su alma Dios. Al día siguiente se cumplieron sus exequias, y tal como lo había dispuesto en su testamento, fue sepultado en el convento agustino de Nuestra Señora del Socorro y no en la catedral. Rápidamente se extendió su fama de santidad, por lo que el Arzobispo de Valencia en 1601 inicia su proceso de beatificación, y el 7 de octubre 1618 es declarado beato por el Papa Pablo V y proclamado santo por Alejandro VII el 1 de noviembre de 1688. Por su celo apostólico, su doctrina, su atención a los pobres y sus intuiciones pastorales, ha pasado a la historia como modelo de obispo.

Actualmente, se adelanta ante la Santa Sede el proceso para que sea reconocida la eminencia de su obra literaria, junto con el testimonio de su vida,  y sea declarado Doctor de la Iglesia.

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