Agustín discernió su vocación

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Muchas personas refieren que llegaron a descubrir su vocación gracias al testimonio de alguien que les tocó el corazón. 🎯San Agustín sabe llegar al corazón porque habla desde el corazón y comparte con espontaneidad su camino de búsqueda.

San Agustín discernió. Así nos lo cuenta el mismo santo:

📖 “Anduve yo largo tiempo ocupado en muchos y diversos asuntos, y tratando con empeño durante muchos días de conocerme a mí mismo, lo que debo hacer y qué he de evitar, de improviso me vino una voz, no sé si de mí mismo o de otro, desde fuera o dentro; me dijo: ¿a quién te encomendarás para seguir adelante?” (San Agustín, Los Soliloquios 1,1).

🎯Agustín nos cuenta la travesía de su viaje hasta llegar a abrazar con todo su corazón la llamada que el Señor le hizo a ser “siervo de Dios”. Estas son sus palabras:

📖 “Sentía vivísimos deseos de honores, riquezas y matrimonio, y tú, Señor, te reías de mí. Y en estos deseos padecía amargas luchas, pues tú estabas más cerca de mí cuanto menos consentías que hallase dulzura en lo que no eras tú” (San Agustín, Las Confesiones 6,9).

🎯Después de un largo camino de idas y venidas, de caídas y levantadas, de sueños cumplidos y fracasos dolorosos, consideró en su interior:

📖 “Cuando yo deliberaba acerca de consagrarme al servicio del Señor, Dios mío, como hacía ya tiempo que había dispuesto en mi corazón, yo era el que quería y era también yo el que no quería. Precisamente porque no quería plenamente ni plenamente no quería, por eso luchaba conmigo mismo y me desgarraba a mí mismo” (San Agustín, Las Confesiones 8,22).

🎯Deseaba tomar una decisión pero no le resultaba tan sencillo:

📖 “Y me decía a mí mismo interiormente: ¡ea! Sea ahora, sea ahora; y ya casi pasaba de la palabra a la obra, ya casi lo hacia; pero no lo llegaba a hacer” (San Agustín, Las Confesiones 8,25).

Como si de un duelo a muerte se tratase, en su interior se debatía y luchaba sin tregua. El eco de sus antiguas vanidades lo seducían:

📖 “¿Nos dejas? Y ¿desde este momento no estaremos contigo por siempre jamás? Y ¿Desde este momento nunca más te será lícito esto o aquello? ¿qué?, ¿piensas tú que podrás vivir sin estas cosas?” (San Agustín, Las Confesiones 8,26).

En cambio, otras voces resonaba en su interior el testimonio valiente de muchos cristianos:

📖 “¿No podrás tú lo que éstos? ¿o es que éstos lo pueden por sí mismos y no en el Señor su Dios? ¿Por qué te apoyas en ti, que no puedes tenerte en pie? Arrójate en él, no temas, que él no se retirará para que caigas; arrójate seguro, que él te recibirá y te sanará” (San Agustín, Las Confesiones 8,27).

La🎯 lucha interior de san Agustín llegó a ser muy intensa:

📖 “Mas a penas una alta consideración sacó del profundo de su secreto y amontonó toda mi miseria a la vista de mi corazón, estalló en mi alma una tormenta enorme, que encerraba en sí copiosa lluvia de lágrimas. Y para descargarla toda con sus truenos correspondientes, me aparté de junto Alipio –pues me pareció que para llorar era más a propósito la soledad– y me retiré lo más remotamente que pude” (San Agustín, Las Confesiones 8,28).

Fue hasta que 🎯 san Agustín cedió en su pretensión de querer controlarlo todo, cuando Dios lo deslumbró:

📖 “Tirándome debajo de la higuera, no sé cómo, solté la rienda a las lágrimas, brotando dos ríos de mis ojos. Y te dije muchas cosas como estas; ¡y tú, Señor hasta cuándo! ¿Hasta cuándo, hasta cuándo, ¡mañana!, ¡mañana!? ¿Por qué no poner fin a mis torpezas en esta misma hora?” (San Agustín, Las Confesiones 8,28).

De pronto el resplandor de 🎯una gran luz disipa las tinieblas de su corazón:

📖 “Más he aquí que oigo en la casa vecina una voz, como de niño o niña, que decía cantando y repetía muchas veces: ¡Toma y lee!, ¡toma y lee! Y, reprimiendo el ímpetu de las lágrimas, me levanté, interpretando esto como una orden divina de que abriese el códice y leyese el primer capítulo que hallase. Así que apresurado, volví al lugar donde estaba sentado Alipio y yo había dejado el códice del Apóstol al levantarme de allí. Lo tomé, pues; lo abrí y leí en silencio el primer capítulo que se me vino a los ojos, y decía: nada en comilonas y borracheras, no en lechos y liviandades, no en contiendas y disputas; sino revestíos de nuestro Señor Jesucristo y no cuidéis de la carne con demasiados deseos” (San Agustín, Las Confesiones 8,29).

Al fin, 🎯Agustín maduró una opción de vida en Cristo:

📖 “Se infiltró en mi corazón una luz de seguridad y se disiparon todas las tinieblas de mis dudas” (San Agustín, Las Confesiones 8,29).

🎯 Dios venció en él y su más grande dicha fue que se le iluminó la vocación en su corazón:

📖 “Porque de tal modo me convertiste a ti que ya no apetecía esposa ni abrigaba esperanza alguna en este mundo, estando ya en aquella regla de fe en la que hacía tantos años me habías mostrado a ella (su madre Mónica). Y así convertiste su llanto en gozo, mucho más fecundo de lo que ella había apetecido y mucho más caro y casto que el que podía esperar de los nietos que le diera mi carne (hijos espirituales)” (San Agustín, Las Confesiones 8,30).

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En esta imagen de San Agustín, se le muestra como Obispo, con la mitra, báculo y en general una actitud tranquila, de consolación y alegría, que representa una etapa en su vida de mayor madurez y confianza en Dios.

En sus manos podemos observar el característico corazón en llamas, que representa su deseo ardiente de Dios, su sed por conocerlo y amarlo. En la otra mano sostiene una pluma de ave que representa sus escritos y su condición de Doctor de la Iglesia. 

El uso del color en esta imagen busca principalmente un contraste entre colores cálidos y fríos, de manera que la calidez y el brillo irradian desde San Agustín, y los colores fríos se eligen para el fondo, dando a entender que San Agustín y su obra son, como lo dice Jesús a sus discípulos,  “Luz del mundo”.

Se elige también para el fondo, una composición de formas geométricas abstractas para darle un toque contemporáneo y minimal.

Ilustración y explicación de Bernardo Ramonfaur