Santa Clara, perseverar en la oración y en la búsqueda de Dios.

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Santa Clara de Montefalco nació en Monfefalco en 1248. Inició a los seis años una singular experiencia cuando ingresó en el reclusorio de hermana Juana, construido por su padre, llamado Damián, a fin de que ésta se dedicara a la oración, a la meditación de la Pasión y a la penitencia.

En 1290 la comunidad de Montefalco pide y obtiene profesar la Regla de San Agustín, de acuerdo con la cual se organizó la vida comunitaria, y se ordenó la formación espiritual. Muerta su hermana Juana en 1291, Clara fue elegida abadesa, directora espiritual y sierva.

Tengo a mi Jesucristo crucificado dentro de mi corazón

De 1288 a 1299 hubo de soportar una dura prueba de aridez espiritual y de angustiosas luchas interiores. Además, ella con sus monjas fue blanco de envidias y calumnias de parte de algunos fanáticos de Montefalco, frailes y laicos, pero ella perdonó siempre a todos, cambiando mal por bien.

Aunque en la clausura se sentía atraída por la contemplación, fue llamada por el Espíritu Santo a una actividad apostólica intensa: a su apasionada sabiduría y a su ferviente plegaria acudián obispos, sacerdotes frailes, teoólogos y pecadores.

Manifestó siempre con la palabra y con las obras una gran caridad y predilección por los pobres y los que sufren.

Desenmascaró y denunció la engañosa y peligrosa herejía del “Libre espíritu” que se había infiltrado en muchas partes de la Umbría, Italia.

Durante los últimos días de su vida repetía con insistencia: “Tengo a mi Jesucristo crucificado dentro de mi corazón”.

Murío el 17 de agosto de 1308, a la edad de 40 años.

En la iglesia del convento se conserva, ademas de su cuerpo,  algunos de los “misterios” de la Pasión que se encontraron en su corazón y que confirman así, la participación mística en los dolores de Jesús.

Santa Clara nos enseña a perseverar en la oración y en la búsqueda de Dios, aún en los momentos áridos de la vida, donde pareciera, incluso, que nada tiene sentido. Ha realizar en todo momento la voluntad de Dios, tantas veces incomprensible y a meditar en la Pasíon de Cristo, haciendo realidad lo que dice el Apóstol San Pablo: “completo en mi carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo en beneficio de su cuerpo, que es la Iglesia” (Col 1,24).

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