Nos enseñan: San Nicolás de Tolentino

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No amen demasiado el mundo ni las cosas del mundo. Todo lo que es del mundo pasará

Nació en 1245 en Sant`Angelo in Pontano, Macerata, Italia. Sus ancianos padres, que no tenían hijos, peregrinan a Bari para pedir la gracia de un hijo al santo patrono de la ciudad, el obispo Nicolás; favor que el Señor les concede por intercesión de este santo. De ahí el nombre de Nicolás.

Tras una infancia y juventud de fervor religioso y motivado por la predicación de un religioso de la Orden de San Agustín, quien una vez hablando sobre el Evangelio de san Juan, insistía:  “No amen demasiado el mundo ni las cosas del mundo. Todo lo que es del mundo pasará”; Nicolás ingresa al convento agustiniano de su ciudad, donde profesa sus votos solemnes como religioso con menos de 19 años y recibe la ordenación sacerdotal en 1269.

En 1275 es trasladado a la ciudad de Tolentino, en donde permanece hasta su muerte, el 10 de septiembre de 1305. Treinta años dedicados a la predicación de la Palabra de Dios, la meditación y la oración, pero también a la atención a los pobres y enfermos de la ciudad.

San Nicolás de Tolentino

San Nicolás de Tolentino

La tradición refiere que estando nuestro santo gravemente enfermo, recibe una visión de de la Virgen María, acompañada por San Agustín; quien le da un bocado de pan, con lo que quedó repentinamente curado. En memoria de ello, se bendicen en el día de su festividad los “panecillos de San Nicolás”, para entregarlos a los enfermos.

San Nicolás de Tolentino es el primer fruto de Santidad de la Orden de San Agustín. Recibe el título de taumaturgo, por los inmumerables milagros que realizó, muchos de ellos estando aún vivo.

Fue Canonizado el 5 de junio de 1446 por el Papa Eugenio IV y su culto se ha extendido en la Iglesia universal, además, como abogado de los fieles difuntos, por su gran devoción a las almas de purgatorio; por quienes ofrecía diariamente oraciones y misas por su descanso.

San Nicolás nos enseña a anteponer el amor a Dios sobre todas la cosas, como requisito necesario en el seguimiento de Cristo. Su vida de oración y penitencia y su amor para con los más necesitados y los enfermos, se constituyen para los creyentes de todos tiempos en un ejemplo a seguir, en la búsqueda de la santidad a la que todos estamos llamados por el bautismo.

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