Desde el vientre materno te amé.

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“El Señor me llamó desde el seno materno, desde el vientre de mi madre pronunció mi nombre” (Is 49,1).

 

En repetidas ocasiones hemos dicho que la vocación es una historia de amor entre Dios, que llama, y el ser humano que responde al llamado. Pero sin duda alguna, estas palabras del profeta Isaías, dejan ver la profundidad de esta elección, porque significa que cada historia, cada llamada, cada persona, está inscrita desde siempre en el proyecto de Dios; no es algo que surge al azar, que se improvisa o a lo que simplemente, se le puede cambiar el rumbo. Así como el don de la vida es un gran misterio, también la vocación lo es; uno y otro nacen de la iniciativa de Dios.

Sin embargo, resulta paradójico en nuestro tiempo hablar de este misterio, ya que muchos se han abrogado un derecho que no les corresponde, de decidir o no por la vida de un ser humano, dentro del vientre de la madre. Aquel lugar sagrado creado para ser fuente de vida, en muchas ocasiones se convierte en lugar de muerte. De otra parte, la posmodernidad en que vivimos manipula la libertad de la persona, al punto de hacerle creer que cada uno es libre de elegir lo que quiere ser, sin importar si es hombre o mujer; cambiando decididamente el proyecto de Dios.

La fiesta del nacimiento de San Juan Bautista, es una oportunidad para reflexionar en lo que significa esta elección. Su alumbramiento, tan lleno de acontecimientos sobre naturales, fue motivo de gran asombro para la gente que rodeaba el hogar de Isabel e Zacarías, al punto que se preguntaban “¿Qué va a ser este niño?” (Lc 1, 66). Aunque el relato evangélico sigue los rasgos comunes de los nacimientos milagrosos, en el Antiguo Testamento:  anuncio del nacimiento por un ángel, esterilidad de la esposa antes de la intervención divina, profecías y anuncios sobre el futuro recién nacido, palabras u obras maravillosas del infante, etc., lo que verdaderamente importa, es lo que el mismo Lucas añade en el versículo 66: “Porque la mano del Señor estaba con él”.

Discernir con detenimiento la vocación, no es otra cosa que sentir “la mano de Dios en la vida de la persona”

Discernir con detenimiento la vocación, no es otra cosa que sentir “la mano de Dios en la vida de la persona”; un Dios que ama, que elige y que llama. Pareciera increíble que desde siempre ya Dios ha pronunciado el nombre de cada persona; el mismo que piensan los padres para el hijo o la hija que va a nacer. Es como si él mismo se lo susurrara al oído y les dijera: “este fue el que yo elegí”. El nombre da identidad a una persona, la hace autentica. Para Dios somos alguien, no algo. Sabe a quien llama porque lo conoce y lo ama; y pronuncia su nombre.

El Bautista acepta su vocación, su elección, su llamado. Desde el vientre materno de Isabel, había dicho sí al plan de Dios, aunque no lo supiera. Su nombre, “Juan”, era ya un signo claro de su elección; era él y no otro. El mismo Zacarías lo confirma cuando escribe su nombre, anunciado ya antes por el ángel.  Este es el misterio del llamado, del que todos participamos por el solo hecho de haber sido creados; misterio que jamás se podrá entender en su totalidad, y que realiza plenamente la vida de la persona que lo acoge como un don de Dios.

No tengamos miedo de decirle sí a Dios cuando escuchemos su voz; cuando pronuncia nuestro nombre. Mucho antes de eso ya nos había elegido, porque desde siempre nos ha amado.

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