Agustín, el hombre de corazón inquieto

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Gran legado ha dejado para la Iglesia y para el mundo entero la vida y obra de san Agustín; un ser humano que vive en un proceso permanente de encuentro consigo mismo, con el prójimo y con Dios; este proceso de encuentro vital ha hecho de san Agustín un gran buscador de la verdad desde la humildad y reconocimiento de la obra de Dios en él; de este modo vemos cómo el obispo de Hipona cuando inicia su obra Las Confesiones, marca el derrotero significativo de este magno escrito desde lo que él mismo sintetizó como el proceso vital del encuentro: nos hiciste Señor para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti (Cf. Confesiones 1,1,1).

Es desde el centro vital de la persona misma que Agustín reconoce la posibilidad de encontrar la verdad, y aunque al inicio de su labor se esforzó por cultivar especialmente las facultades de la memoria y el entendimiento, solo el tiempo y la experiencia le mostrarán que también se necesitará de la voluntad correctamente orientada para lograr la tan anhelada empresa: conocer para amar. (Cf. Carta 158; Trinidad, 10,1). No puede ser de otra forma; manifiesto está ello en el gozo particular que expresa el corazón cuando reconoce la verdad como fruto del encuentro con Aquél que nos ama y ha dejado sus huellas en lo creado (Cf. Confesiones, 10). No perderse es el reto, mantenerse es la opción, disfrutar de la paz es el gran anhelo.

Agustín reconoce que en su vida Dios siempre ha estado a pesar de él no reconocerlo, estaba más íntimo que lo íntimo (Cf. Confesiones 3,6,11), nos hizo para él y habita en nosotros como nuestro maestro interior (Cf. El maestro, 11,38); Dios ha hecho al ser humano a su imagen y semejanza y de ello hay pruebas de la misericordia infinita cuando el corazón deja de buscar lo pasajero y se aferra a buscar en lo creado la belleza de su hacedor. El corazón inquieto de nuestro santo no le impide tener la tentación de dormirse en la labor, sin embargo, sí busca descansar en la paz. Descansar de este modo para el Águila de Hipona no es el fin del proceso de una actividad, sino que hace la actividad más sublime y cargada de sentido, la acción por la cual encuentra el ser humano su fundamento en Dios; es la meta, pero a la vez es el lugar desde donde se revisa la historia con los ojos de Dios para contemplar que todo esfuerzo personal no era tal, era de Dios en nosotros (Cf. La corrección y la gracia, 6,10).

Gran Padre Agustín, pide a Dios por nosotros para que recibamos la humildad, y con ella reconozcamos que todo lo hemos recibido del infinito amor del Padre creador; ruega por la perseverancia de tus hijos para que ordenando nuestras vidas en la fe del Dios de la misericordia, nuestros días resplandezcan por la justicia y la solidaridad que Jesucristo nos mostró en la vivencia oblativa de la voluntad divina; enséñanos donar nuestra vida en comunidad de hermanos para que reconozcamos que juntos somos más, pero que sólo en el amor, que es el Espíritu, nos es posible  multiplicar dando el ciento por uno; aviva nuestra esperanza con la meditación frecuente de las promesas del Padre para que lleguemos a comprender lo incalculable que es la misericordia.

Junto con san Agustín preguntémonos: ¿cómo buscar para encontrar y al encontrar amar a Aquél que nos envió en su búsqueda?

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