Adviento Vocacional

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Se acerca la luz…

El Adviento es el tiempo litúrgico con el que la Iglesia inicia un nuevo ciclo, un nuevo año. Todo el misterio de la esperanza cristiana se resume en el Adviento. Al mismo tiempo, es preciso afirmar que la espera del Adviento invade toda nuestra experiencia cristiana, la envuelve, y encuentra en ella una dimensión nueva. La Iglesia comienza su año litúrgico afirmando que Dios viene. Anuncia que el mismo que nació en Belén volverá para llevar todo a plenitud, viene hoy. Viene porque somos importantes para Él, viene para liberarnos de todo lo que nos impide ser felices, viene para darnos su vida eterna. Esta venida actual hace significativo el Adviento y asegura que el cristianismo no es solo una hermosa utopía.

Como afirma J. BERNAL: Esta reflexión nos pone de frente a una tremenda paradoja: la presencia y la ausencia de Cristo. Cristo, al mismo tiempo, PRESENTE y AUSENTE, POSESIÓN y HERENCIA, ACTUALIDAD de gracia y PROMESA. El Adviento nos sitúa, como dicen hoy los teólogos, entre el «ya» de la Encarnación y el «todavía no» de la plenitud escatológica.

Yendo un poco más allá del sentido teológico y litúrgico de estos días previos a la gran fiesta del nacimiento de Jesús, encontramos que el Adviento es también un tiempo vocacional, porque en él podemos reflexionar en el llamado absoluto a la existencia; el Hijo de Dios que se hace hombre y comparte la condición humana para hacer de ella algo grande. En Palabras de San Agustín: el Hijo de Dios se hizo hombre para que los hijos de los hombres pudiéramos llegar a ser hijos de Dios (Sermón 192, 1).

A lo largo de las semanas de este tiempo litúrgico, meditaremos en el llamado que Dios le hace a unas personas concretas, a participar en su misterio de salvación y redención universal y que siguen siendo hoy día como los portavoces en cuyo grito de ansiedad se encarna todo el ardor de la esperanza humana. El primero de ellos es Isaías, cuyo llamado se dio en el templo en medio de una epifanía, en la que Dios, a través de su ángel “toca” la boca y el corazón del Profeta, legitimando la misión a la que él mismo se había ofrecido como instrumento en manos de Dios.

 

En estos días del Adviento,Isaías nos invita a no permanecer con los brazos cruzados, a preparar activamente el camino del Señor, a hacer posible su venida al mundo: «Preparen el camino al Señor; allanen en la estepa una calzada para nuestro Dios; que los valles se levanten, que montes y colinas se abajen, que lo torcido se enderece y lo escabroso se iguale» (Is 40,3-4). 

En segundo lugar, está Juan Bautista, el precursor de Jesús; quien había sido elegido, llamado, desde el seno materno para llevar al pueblo de regreso a Dios.  Su nacimiento milagroso no solo le devolvió la alegría a un hogar de ancianos creyentes en la promesa de Dios: Zacarías e Isabel; sino que llenó de estupor a todo el pueblo, al punto que se decían unos a otros: «Qué va a ser de este niño, pues la mano de Dios estaba con él» (Lc 1, 66) ¡Que misión tan extraordinaria se le confió al Bautista; una misión que exigiría toda su vida!

La liturgia de la Palabra de Dios en este tiempo, reflexiona sobre su mensaje. Su ayuno, su ascetismo y su oración en la soledad del desierto, son un estímulo para los que quieren acoger al «Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (Jn 1,29). Bien encarna, por lo tanto, el espíritu de Adviento.

También está María, la Madre del Señor. Su vocación ha sido el mayor regalo de Dios a la humanidad; ha sido gracia, don, sorpresa, misterio. Elegida desde siempre para ser la Madre del Hijo de Dios en la tierra, dio cumplimiento a todas las promesas de los antiguos padres. En ella, como recuerda el Concilio Vaticano II, confluyen las esperanzas mesiánicas del Antiguo Testamento (cf. LG 55). Su aceptación de la voluntad divina está motivada sólo por su amor a Dios, que supera todo temor e invita a acoger con sencillez y audacia su proyecto de salvación a favor de la humanidad.  

Las actitudes de María se convierten en el modelo que los cristianos debemos seguir para vivir el Adviento: su confianza en la Palabra, su fe, su silencio, su oración, su alabanza agradecida al Padre, su disponibilidad a la voluntad de Dios y al servicio.

Finalmente, está José. También él recibió de Dios una vocación, un llamado, una misión: ser el padre adoptivo de Jesús en la tierra. Su fe inquebrantable en la bondad de Dios, su obediencia incondicional a su voluntad, la acogida solícita de su Palabra y su servicio silencioso, unidos a la renuncia a sus seguridades para ponerse en camino sin saber adónde iba, fiándose solo de Dios, le han merecido el titulo del hombre justo del Evangelio.

Hablando de la relación entre José y el Adviento, el Papa Benedicto XVI reflexiona sobre el silencio del santo Patriarca, manifestación de su actitud contemplativa, del asombro ante el misterio de Dios. Siguiendo su ejemplo, nos invita a vivir este tiempo en actitud de recogimiento interior, para meditar la Palabra de Dios y acogerle cuando viene a nuestra vida.

Que estos días de Adviento sean una oportunidad para que cada uno de nosotros reflexionemos en el llamado que Dios nos ha hecho, dentro de la Iglesia, en una vocación específica, para hacernos partícipes de su misterio de amor y redención universal; en la respuesta que le hemos dado o le queremos dar y en la disposición absoluta para acoger su llamado y responder como Isaías, Juan, María y José lo hicieron: «Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad » (Sal. 39).


¡Feliz Adviento!

1. http://www.benedictinas.cl/adviento-tiempo-de-esperanza/

2. J. Bernal. En: «Espíritu y Dimensiones del Adviento».Revista Dossiers CPL 2, Centre de Pastoral Litúrgica de Barcelona.

3. Ibíd.

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