Mis dos amados

Corazón vocacionado
7 mayo, 2020
Si te sientes llamado, ahí tienes a tu Madre
13 mayo, 2020

Todos te consultan sobre lo que quieren, mas no todos oyen siempre lo que quieren. Óptimo servidor tuyo es el que no atiende tanto a oír de ti lo que él quisiera cuanto a querer aquello que de ti oyere.” San Agustín, Confesiones X, 37

Todo llamado es una historia de amor, y toda historia de amor es un camino. Mi dichosa historia inició en la universidad. Ese primer contacto con Jesús me impulsó a animarme e involucrarme. De antes, tenía poco interés en la Iglesia y en la espiritualidad, por cosas de la vida (o ahora las llamaría “Diosidencias”) participé en grupo de oración en la que tuve una intensa experiencia de escuchar la voz de Dios. Poco a poco, una semilla empezó a germinar en mi vida y junto a ella el deseo de servir. Inicié cantando misas y horas santas, y en grupos juveniles donde pude saborear la experiencia de misión en Semana Santa, que fue muy significativa para mí.

Me fui adentrando más en mi querida Iglesia y sorbiendo de sus carismas. En mi corazón hubo una frase de santa Teresita de Lisieux que me interpeló mucho: “En el corazón de la Iglesia, que es mi madre, yo seré el amor”.  Y ahí, entre mis locuras e ilusiones, algo en mi interior me movió y sentí que todo aquello que tenía hasta ahora, no bastaba. Señor, ¿qué hacer con mi vida? Era tan solo una universitaria como cualquiera, pero quería algo más…

Con un corazón inquieto, empecé a buscar más cada día. Me pregunté tantas veces cuál sería mi vocación y cómo podía servirle desde la iglesia pues toda mujer se encuentra llamada a “ejercitar sus propios «dones»: en primer lugar, el don de su misma dignidad personal, mediante la palabra y el testimonio de vida; y después los dones relacionados con su vocación femenina.” (Christifideles Laici, 51) Y, justamente, ese era mi deseo, hallar ese sitio de entrega y donación.

Entonces surgió una interrogante muy importante “¿Y por qué no me consagro al Señor?” En medio de luces y sombras (pues toda decisión es un acto de fe), ingresé un tiempo a una congregación, y me di la oportunidad de experimentar ese camino. Lo disfruté muchísimo, y creo que lo viví al máximo en esos seis dichosos meses. Al culminar ese tiempo, regresé a casa. Era hora de un discernimiento, y no cualquiera, ¡el mío! En una verdadera interioridad, pude discernir adecuadamente: ese no era el ideal que Dios tenía pensado para mí.  Me cuestioné en ese momento algo más. En la vida femenina, ¿habrá alguna vocación que tenga igual dignidad que la vida religiosa? Pues sí. Hallé una vocación igual de digna y maravillosa, que en algún momento llegué a desestimar: el matrimonio, y a través de esta opción, soy llamada a mi vocación primaria: la santidad, por medio de la alegría.

Una de mis mayores inspiradoras ha sido la beata Concepción Cabrera quien dijo en su autobiografía: “A mí nunca me inquietó el noviazgo, en el sentido de que me impidiera ser menos de Dios. Se me hacía tan fácil juntar las dos cosas. Al acostarme, ya cuando estaba sola, pensaba en Pancho [su novio] y después en la Eucaristía, que era mi delicia.” Y creo que coincido fuertemente con esta mística mexicana pues, ahorita que estoy pronta a casarme, sé y siento con creces cómo puedo entregar mi corazón a mi futuro esposo, y a la vez ser la discípula amada de Jesús, quien me amó primero y se entregó por mí. Un amor está contenido en el otro Amor, y esto ¡me llena de ilusión! He encontrado finalmente la vocación que me realiza y me llena de plenitud, teniendo la plena certeza de que “la mujer no puede encontrarse a sí misma si no es dando amor a los demás.” (cfr. Mulieris Dignitatem, 30)

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