Dicho esto, hablemos de Spiderman. O, mejor todavía, hablemos de vocación. Sí, de vocación.
Porque salí del cine pensando en Peter Parker, pero también en un libro sobre san Ezequiel Moreno que leí hace unos diez años, cuando estaba en el noviciado.
El libro era de fray Ángel Martínez Cuesta y se titulaba El camino del deber. Era una biografía de san Ezequiel Moreno, el santo de Alfaro, y recuerdo que entonces hubo algo de su planteamiento que me impresionó muchísimo: Ezequiel parecía saber lo que tenía que hacer… y lo hacía.
Así de sencillo. Había un deber. Había una misión. Había que cumplirla. Y a mí aquello me encantó.
Diez años después tengo que reconocer que probablemente entendí el libro bastante mal.
Cuando sabes lo que tienes que hacer
Con los años —tampoco tantos— de vida consagrada y sacerdocio he descubierto que seguir “el camino del deber” es bastante más complicado de lo que pensaba siendo novicio.
Porque uno puede llegar a saber qué tiene que hacer. El verdadero problema empieza después.
Puedes saber qué quieres hacer con tu vida y, aun así, tener miedo. Puedes estar convencido de tu vocación y cansarte. Puedes amar profundamente aquello a lo que has entregado tu vida y necesitar parar. Puedes querer hacer el bien y equivocarte intentando hacerlo.
Y creo que, en parte, de eso habla la película. Peter Parker ha tomado una decisión sobre su vida. Sabe que sus poderes no son solamente para él. Sabe que tiene una responsabilidad y está dispuesto a pagar un precio enorme por ella.
Hasta aquí, todos conocemos la frase: un gran poder conlleva una gran responsabilidad.
El problema comienza cuando Peter parece sacar una conclusión adicional: si la responsabilidad es mía, también tengo que cargar con ella yo solo. Y ahí la cosa se complica.
Nunca me ha gustado comparar a los religiosos con superhéroes. Me parece excesivo y, además, los que vivimos en una comunidad religiosa sabemos que la realidad suele ser bastante menos cinematográfica.
Pero sí existe un punto de contacto: cuando profesas como religioso estás diciendo que quieres entregar tu vida por algo que consideras mayor que tú.
No porque seas un héroe. Ni porque seas mejor que nadie. Simplemente has descubierto algo por lo que merece la pena vivir. Peter también lo descubre.
Y por eso está dispuesto a renunciar a todo por el bien de sus amigos. Incluso está dispuesto a que lo olviden. A desaparecer de sus vidas. A quedarse solo si con ello consigue protegerlos.
Suena heroico. Quizá demasiado heroico. Porque el problema es precisamente ese: Peter decide hacerlo solo.
Spiderman, vocación y sacrificio: ¿entendimos algo mal?
Y aquí es donde Spiderman me hizo pensar de nuevo en aquel libro de fray Ángel. Durante mucho tiempo pensé que “el camino del deber” significaba algo parecido a esto: descubre qué tienes que hacer y hazlo. No importa cuánto cueste. Aguanta. Entrégate. Sacrifícate. Sigue.
Y cuidado, porque hay algo profundamente verdadero en eso. Una vocación sin sacrificio probablemente sea solo un hobby. Amar cuesta. Amar duele, porque si no duele no es amor.
Pero ahora creo que falta una parte. Porque podemos acabar confundiendo entrega con destrucción; sacrificio con agotamiento; generosidad con incapacidad para decir “no”; disponibilidad con estar permanentemente ocupado.
Y podemos llegar incluso a pensar que cuanto más cansados estemos, mejor estamos viviendo nuestra vocación. Como si el agotamiento fuera una especie de certificado de autenticidad del Evangelio. No lo es.
Esto no lo aprendí solo, lo aprendí de Byung-Chul Han, pero otro día os hablo de mi filósofo favorito. Volvamos a Spiderman.
Quizá Peter también tenga que descubrirlo. Porque Spiderman puede salvar el mundo, pero Peter Parker tiene que aprender a vivir en él. Y eso, en realidad, es hacerse mayor.
Spiderman también tiene que aprender a ser Peter Parker
Creo que, en el fondo, la película habla precisamente de eso: de crecer. De decidir cómo quieres vivir tu vida adulta cuando descubres que tus decisiones tienen consecuencias. De aceptar que no puedes conservarlo todo. De asumir responsabilidades sin permitir que esas responsabilidades terminen devorándote.
Peter no puede dejar de ser Spiderman. Pero Spiderman tampoco puede acabar con Peter Parker.
Y no hablo del personaje como una máscara que Peter se pone y se quita. Hablo de algo más profundo: de integrar aquello que estás llamado a ser en la persona que eres. Eso también ocurre con una vocación.
Yo no dejo de ser Alfonso para convertirme en “fray Alfonso”, aunque muchas veces haga bromas con mis amigos sobre la marca “fray Alfonso”. Mi vocación no debería borrar mi humanidad, sino transformarla. No debería hacerme menos persona, sino ayudarme a ser cada vez más plenamente quien estoy llamado a ser.
Y quizá una parte fundamental de esa madurez consiste en descubrir algo que a Peter Parker le cuesta muchísimo aceptar: no puedes hacerlo solo.
Necesitas amigos. Necesitas comunidad. Necesitas personas ante las que no tengas que ser un superhéroe. Necesitas gente que pueda decirte que estás equivocado, que necesitas parar o, simplemente, que hoy no tienes que salvar a nadie.
En la vida religiosa esto debería resultarnos especialmente evidente. No profesamos solos. No somos francotiradores del Evangelio. Tampoco somos “los guerreros de Cristo”, como en el meme de TikTok. Vivimos en comunidad porque también necesitamos que otros nos sostengan cuando nosotros no podemos. Y, por supuesto, necesitamos a Dios.
Hasta los superhéroes necesitan descansar
Quizá esta sea la parte que más ha cambiado en mi manera de entender aquel “camino del deber”.
Hace diez años probablemente habría pensado que cumplir con el deber era entregarse hasta el final. Quemarse por aquello en lo que uno cree. Tal vez influenciado por otra cita de un libro que leí en el postulantado:
...Tú ardías por alistarte en lo que llamas “la más noble Caballería”. ¡Pues sigue ardiendo! No nos resultes un fuego de paja. Tienes que arder firmemente. ¡Tan firmemente como el sol y las estrellas! ¡Arde, hasta que te consumas totalmente! Si te vas a entregar a Dios, entrégate por entero o no te entregues. ¡Sé santo!...
—M. Raymond, Tres monjes rebeldes.
Y ese lenguaje sigue apareciendo muchísimo cuando hablamos de vocación. “Darlo todo”. “Gastarse por el Reino”. “Entregar la vida”. Son expresiones preciosas. Y verdaderas.
Pero pueden convertirse en una trampa si olvidamos algo fundamental: Dios no te llama solamente a hacer cosas para Él. Te llama a estar con Él. Y eso cambia bastante las cosas.
Tal vez el verdadero camino del deber no consista solamente en estar disponible para todo el mundo. También consiste en estar disponible para los tuyos. Para tu comunidad. Para tus amigos. Para ti mismo. Y para Dios.
Consiste en cuidar la oración, pero también en dormir. En trabajar, pero también en saber cerrar el ordenador. En acompañar a otros y dejar que otros te acompañen. En escuchar los problemas de medio mundo y conservar personas delante de las cuales tú también puedas decir: “Hoy no puedo”.
Porque hasta los superhéroes necesitan descansar. Y nosotros no somos superhéroes.
El verdadero camino del deber: aprender a amar
No sé si hoy entendería El camino del deber de la misma manera que cuando lo leí en el noviciado. Probablemente no.
Y eso me gusta. Porque quizá crecer también sea releer los libros que nos marcaron y descubrir que nosotros ya no somos los mismos lectores.
San Ezequiel Moreno conoció el sacrificio, la misión, la enfermedad, la entrega y el deber. Peter Parker tiene que descubrir qué significa cargar con una responsabilidad que muchas veces parece demasiado grande para él.
Y nosotros, salvando todas las distancias entre un santo, un superhéroe y cualquiera de nosotros, tenemos que descubrir qué significa responder a nuestra propia vocación.
Hoy creo que el camino del deber no consiste simplemente en saber qué tienes que hacer y hacerlo.
Es algo más difícil. Es aprender por qué lo haces, por quién lo haces y con quién quieres recorrer ese camino.
Es comprender que entregar la vida no significa despreciarla. Que cuidar de los demás no exige olvidarte de ti. Que pedir ayuda no hace menos auténtica tu vocación. Que descansar no significa abandonar la misión.
Y que Dios no necesita superhéroes. Necesita personas capaces de amar. Tal vez eso sea hacerse adulto. Tal vez eso sea también descubrir una vocación.
Y quizá el verdadero camino del deber sea mucho menos espectacular de lo que imaginaba hace diez años: aprender a cuidar y dejarse cuidar, amar y dejarse amar.
Porque, al final, cumplir con el deber no consiste simplemente en aguantar hasta que no puedas más. Consiste en aprender a amar de verdad.
Y nosotros, salvando todas las distancias entre un santo, un superhéroe y cualquiera de nosotros, tenemos que descubrir qué significa responder a nuestra propia vocación.