¿Qué es lo que realmente define una botella: el recipiente o aquello que lleva dentro? Una imagen cotidiana puede ayudarnos a comprender algo esencial de la vida cristiana: también en la Iglesia y en la pastoral, lo decisivo no es el nombre que ponemos a las cosas, sino a quién llevamos dentro.
Lo que da nombre a la botella
Decimos con toda naturalidad: “Pásame una botella de agua”. Sin embargo, si lo pensamos bien, la botella no es de agua. Es de vidrio, de plástico o de acero inoxidable. Lo que le da nombre no es el material del recipiente, sino aquello que contiene. Quizá esta sencilla observación también pueda ayudarnos a comprender algo esencial de la vida cristiana y de la pastoral: al final, no es el exterior lo que nos define, sino aquello que llevamos dentro.
El nombre lo pone el contenido
Nos hemos acostumbrado tanto a ciertas expresiones que ya no reparamos en ellas. Hablamos de una botella de agua, de un bote de pintura o de una taza de café. En realidad, el recipiente es siempre el mismo tipo de objeto. Lo que cambia es su contenido. Y, curiosamente, es el contenido el que termina dándole identidad.
Con las personas sucede algo parecido. Vivimos en una sociedad donde solemos definirnos por la profesión, la apariencia, el cargo o la función que desempeñamos. Pero el Evangelio mira mucho más adentro. Lo que realmente somos depende de aquello que llena nuestro corazón.
Por eso los primeros cristianos no fueron reconocidos únicamente porque seguían a Cristo, sino porque quienes los contemplaban descubrían en ellos una forma distinta de vivir, de amar y de servir. Nosotros podríamos decirlo de una manera aún más sugerente: el cristiano es quien lleva a Cristo dentro y permite que su vida transparente esa presencia.
“El cristiano es quien lleva a Cristo dentro y permite que su vida transparente esa presencia”.
La verdadera Iglesia
Algo semejante ocurre con la palabra Iglesia. Con frecuencia señalamos un edificio y decimos: “Esa es la iglesia”. Sabemos que no es del todo exacto. La iglesia es el lugar donde se reúne la Iglesia. El templo es importante porque acoge, protege y favorece la celebración de la fe. Pero la verdadera casa de Dios es el pueblo que Él ha convocado.
San Pedro lo expresó con una imagen preciosa cuando llamó a los creyentes “piedras vivas” (cf. 1 Pe 2,5). No somos simplemente quienes entran en una iglesia. Somos quienes estamos llamados a convertirnos en morada de Dios. Una vez más, el contenido da sentido al continente.
“No somos simplemente quienes entran en una iglesia. Somos quienes estamos llamados a convertirnos en morada de Dios”.
¿Y si toda pastoral fuera vocacional?
Esta imagen puede ayudarnos también a mirar de otra manera la acción pastoral de la Iglesia. Hablamos de pastoral juvenil, familiar, litúrgica, educativa, de la salud, social o matrimonial. Son nombres necesarios porque describen ámbitos distintos de servicio. Pero ¿cuál es el contenido de todas ellas?
Si una pastoral ayuda a una persona a encontrarse con Cristo, a descubrir cómo Dios la llama y a responder con libertad a esa llamada, ¿no está realizando, en el fondo, una auténtica pastoral vocacional?
Aquí sucede algo curioso. En la botella, el contenido da nombre al recipiente. En la pastoral ocurre casi lo contrario. El contenido es siempre el mismo: ayudar a cada persona a responder a la llamada de Dios. Sin embargo, nombramos cada acción por el “recipiente”, es decir, por el ámbito donde esa llamada se hace presente. Cambian las botellas; el agua sigue siendo la misma.
“Cambian las botellas; el agua sigue siendo la misma”.
Lo importante es lo que llevamos dentro
Quizá por eso el mayor desafío pastoral de nuestro tiempo no sea crear nuevas botellas, sino cuidar el agua que contienen. Podemos multiplicar iniciativas, estructuras o programas, pero si el contenido deja de ser el encuentro con Cristo, el recipiente termina vacío.
En cambio, cuando Cristo llena verdaderamente una comunidad, cualquier pastoral se convierte en un camino vocacional. La catequesis, la liturgia, la acción social, el acompañamiento de los enfermos o la preparación al matrimonio dejan de ser compartimentos estancos y comienzan a formar parte de un mismo itinerario: ayudar a cada persona a descubrir quién la llama y para qué.
Porque, al final, no es el nombre de la botella lo que sacia la sed. Es el agua que lleva dentro. Y tampoco es el nombre de una pastoral lo que transforma una vida. Es Cristo, presente en ella, quien sigue dando sentido, unidad y plenitud a todas las vocaciones.
“No es el nombre de una pastoral lo que transforma una vida. Es Cristo, presente en ella”.