¿Qué puede enseñarnos una pelota sobre nuestra vocación? Fray Fernando Martín, promotor vocacional en España de la Provincia San Nicolás de Tolentino, parte de esta sencilla comparación para invitarnos a descubrir para qué “juego” ha llamado Dios a cada uno..
Todas las pelotas parecen similares cuando descansan en una estantería. Sin embargo, cada una ha sido creada para un juego distinto. También las personas compartimos una misma dignidad, pero no una misma vocación. Dios no nos llama a hacer lo mismo, sino a descubrir el lugar donde nuestra vida cobra sentido. Aquí presentamos diez lecciones que nos enseñan las pelotas.
La vocación comienza en el interior
1. Sin presión no hay juego. Sin interioridad tampoco.
Lo que hace botar una pelota no es su superficie, sino la presión que guarda en su interior. Desde fuera apenas se percibe, pero sin ella el juego resulta imposible.
También nuestra vida necesita una fuerza interior. La oración, el silencio y el encuentro con Dios sostienen la vocación mucho más que la actividad. Una vida muy ocupada puede estar completamente vacía.
“Entra en tu habitación, cierra la puerta y ora a tu Padre” (Mt 6,6).
2. El exterior llama la atención; el interior determina su calidad.
Dos pelotas pueden parecer idénticas y, sin embargo, comportarse de manera muy distinta. La diferencia no está en el color ni en el diseño, sino en aquello que no se ve.
Lo mismo sucede con nosotros. Lo decisivo no es cuánto hacemos, sino desde dónde lo hacemos. Una misma acción puede nacer del amor, del interés o de la vanidad.
“Donde está tu tesoro, allí estará también tu corazón” (Mt 6,21).
Dios llama a cada persona por un camino diferente
3. Existen muchos tipos de pelotas porque existen muchos juegos.
Fútbol, baloncesto, tenis, golf, rugby, voleibol… Cada deporte necesita una pelota distinta.
Dios también ama la diversidad. No fabrica personas en serie ni llama a todos por el mismo camino. Matrimonio, vida consagrada, sacerdocio, misión, vida laical… La riqueza de la Iglesia nace precisamente de la variedad de sus vocaciones.
“Hay diversidad de dones, pero un mismo Espíritu” (1 Co 12,4).
4. Ninguna pelota es mejor que otra.
Sería absurdo preguntar si es mejor un balón de fútbol o una pelota de tenis. Todo depende del juego para el que han sido creados.
Con las vocaciones sucede exactamente igual. No existen vocaciones de primera y de segunda. La pregunta importante no es cuál parece más valiosa, sino cuál es la nuestra.
“El que quiera ser el primero, que sea el servidor de todos” (Mc 9,35).
5. Algunas pelotas sirven para varios juegos… pero no terminan de encajar.
Con una pelota de tenis podemos improvisar otros juegos. Incluso un balón puede servir para muchas cosas. Pero todos percibimos que algo no funciona del todo.
También nosotros podemos vivir ocupando lugares para los que no hemos sido llamados. Podemos hacer mucho bien, pero permanecer con una extraña sensación de desajuste. La vocación no consiste solo en ser útiles, sino en responder a la llamada de Dios.
“Mis ovejas escuchan mi voz” (Jn 10,27).
6. Algunas pelotas son únicas.
La forma ovalada del balón de rugby resulta inconfundible. Nadie la confundiría con otra.
Existen personas cuya vocación posee rasgos muy concretos. Dios sigue llamando a algunos a una misión singular, inesperada y, a veces, incomprendida. No todas las llamadas son iguales, porque el Señor sigue escribiendo historias irrepetibles.
“Sígueme” (Mt 9,9).
Descubrir la vocación es poner la vida en juego
7. Una pelota que nunca juega acaba estropeándose.
El uso desgasta, pero también conserva. Una pelota olvidada pierde aire, se endurece o termina agrietándose.
La vocación también necesita ejercitarse. El amor que no se entrega se enfría. Los talentos que no se ponen al servicio terminan por apagarse.
“Al que tiene se le dará; al que no tiene, aun lo que tiene se le quitará” (Mt 25,29).
8. Las pelotas más queridas suelen ser las más gastadas.
Hay balones viejos que nadie quiere tirar porque guardan una historia. Están llenos de marcas, pero también de recuerdos.
Así sucede con quienes han gastado su vida por los demás. Tal vez ya no tengan la fuerza de antes, pero desprenden una autoridad que solo concede el amor vivido durante muchos años.
“No hay amor más grande que dar la vida” (Jn 15,13).
9. Ninguna pelota juega sola.
Por buena que sea, una pelota necesita compañeros, reglas y un equipo. Su sentido aparece cuando entra en relación con otros.
La vocación tampoco se vive en soledad. Toda llamada es una invitación a construir comunión. En la espiritualidad agustino-recoleta sabemos que nadie encuentra plenamente a Dios aislándose de los demás.
“Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo” (Mt 18,20).
10. Todas las pelotas fueron hechas para estar en movimiento.
Una pelota guardada en una vitrina conserva su aspecto, pero pierde su razón de ser. Ha sido creada para correr, pasar de unas manos a otras y formar parte del juego.
Nuestra vida también ha sido pensada para una misión. Dios no nos crea para permanecer inmóviles, sino para entrar en la historia y colaborar con Él. Descubrir la propia vocación no consiste únicamente en saber quiénes somos, sino en comprender para qué hemos sido creados.
“Id por todo el mundo” (Mc 16,15).
Quizá la pregunta más importante no sea qué pelota nos gustaría ser, sino para qué juego nos ha creado Dios. Solo cuando una pelota encuentra el terreno para el que fue diseñada despliega todas sus posibilidades. También nosotros encontramos la verdadera alegría cuando dejamos de compararnos con los demás y descubrimos el lugar que Dios había pensado para nuestra vida desde el principio.