
Volver al ardor del corazón: el camino de Emaús (Lc 24, 13-35)
16 abril, 2026Seguro vienes aquí porque viste nuestro último post… si no, te lo pongo a continuación. Te quiero contar mi historia, como Dios me inquietó y me trajo a un sitio maravilloso que jamas pensé.
Ver esta publicación en Instagram
Todos hemos sido niños…
Todos hemos sido niños. Y, si uno se detiene a mirar con cierta honestidad el propio pasado, descubre que en la infancia habitan las primeras intuiciones de lo que somos… y también las primeras resistencias a lo que nunca imaginamos llegar a ser.
Cuando era niño soñaba con ser arquitecto. Podía pasar horas jugando con Lego, levantando casas imposibles, imaginando edificios que tocaban el cielo. Había algo profundamente fascinante en construir, en dar forma a lo que antes no existía. Era, sin saberlo, un ejercicio de esperanza: creer que de piezas sueltas podía surgir algo bello, habitable, incluso duradero.
Nunca soñé con ser sacerdote. Tal vez en algún momento remoto lo pensé, como quien contempla una posibilidad lejana, pero no formaba parte de mis planes reales. Mucho menos soñé con ser Agustino Recoleto. De hecho, jamás soñé con ser fraile. En mi imaginación infantil, los frailes eran aquellos de hábito café, simpáticos, calvos, casi sacados de la caricatura entrañable del fraile Tuck de Robin Hood. No había en mí ninguna sospecha de que el Señor pudiera pedirme algo así… y, desde luego, no de negro.
La inquietud que cambia la vida
Pero la vida —y Dios en la vida— tiene una pedagogía peculiar.
Pasaron los años, con sus luces y sus sombras, y llegó un día en que me hice la pregunta que tantas vocaciones han comenzado a gestar en silencio: “¿y por qué no?”. Lo que empezó como una curiosidad terminó convirtiéndose en una inquietud más honda, casi incómoda: “¿y por qué yo?”. Porque, seamos sinceros, siempre parece haber otros más preparados, más sabios, más elocuentes, incluso más adecuados para lo que uno intuye como llamado.
Fue entonces cuando apareció en mi camino Mons. Carlos Briseño Arch, OAR. Recuerdo bien aquel momento: yo le dije que quería ser sacerdote. Y él, con una claridad desconcertante, me respondió: “No, tú serás fraile y Agustino Recoleto. Cuando te des cuenta, me vas a llamar”. No era una sugerencia. Era casi una profecía. Y tenía razón: le llamé.
Un corazón inquieto en el camino
El Evangelio de este domingo —el de los discípulos de Emaús— me ayuda a pensar en esta historia. Aquellos dos caminaban tristes, desorientados, con las expectativas rotas. Y, sin embargo, Jesús se hace compañero de camino, aunque ellos no lo reconocen.
Hay algo profundamente humano en esa escena: caminar, conversar, intentar entender lo que nos ha pasado. Y es precisamente ahí, en medio de la vida ordinaria, donde Cristo se acerca y comienza a hablar. No irrumpe con estridencia; acompaña, escucha, pregunta.
Pero lo decisivo ocurre en el interior: «¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino?».
Quizá la vocación comienza así: como un fuego discreto, como una inquietud que no se puede sofocar del todo. No siempre se reconoce inmediatamente que es el Señor. A veces, como los discípulos, seguimos caminando sin darnos cuenta de quién va a nuestro lado. Pero el corazón empieza a arder.
Y ese ardor —esa inquietud— es ya una forma de llamada.
Una vocación que se construye paso a paso
Entre aquel primer “¿y por qué no?” y el sí definitivo hubo de todo. Dudas, búsquedas, caídas, certezas pequeñas, luces que apenas alcanzaban para el siguiente paso. La vocación no es una línea recta; es más bien un camino que se va descubriendo mientras se camina.
Y luego vino el salto: salir del cascarón, dejar la seguridad de la casa de formación. Recuerdo también aquella conversación con fray Sergio Sánchez. Me dijo: “Quiero que estudies algo que tenga que ver con cámaras, periodismo, comunicación… y te vas a Santa Rita”. En ese instante no lo sabía, pero ahí se estaba trazando otra línea inesperada de mi historia.
De construir edificios a contar historias
¿Quién iba a pensar que aquel niño que construía edificios con bloques terminaría contando historias por el mundo? Historias reales, concretas, profundamente humanas. Historias donde se refleja la vida, la fe, el dolor y la esperanza de tantas personas. Al final, quizá no dejé de construir: solo cambié los materiales. Ya no son piezas de plástico, sino palabras, imágenes, encuentros. Y lo que se edifica no son casas, sino puentes.
Ahí, creo, está el núcleo de toda vocación: dejarse inquietar y dejarse asombrar por Dios. No controlar el plano completo, no exigir certezas absolutas, sino permitir que Él vaya colocando las piezas, incluso cuando no encajan con lo que uno había imaginado.
Como en Emaús, el Señor sigue saliendo al encuentro, sigue caminando con nosotros, sigue encendiendo el corazón. Y, cuando uno se deja alcanzar por esa presencia, algo cambia: se abren los ojos, se reordena la vida, se comprende que todo tenía un sentido.
Porque, en el fondo, la pregunta decisiva no es qué soñabas ser de niño, sino si hoy estás dispuesto a escuchar lo que Dios sueña contigo.
Y tú… ¿te dejas inquietar? Si este post, te hizo pensar… igual y es momento de que pinches en: dejate.inquietar.com
Señor, enciende nuestro corazón para reconocerte en el camino y tener el valor de seguirte. Amén.

