Habla, Mateo: la mirada que cambió una vida

La vocación de san Mateo cobra vida en la obra de Caravaggio: una mirada de Jesús, una llamada y una historia que comienza de nuevo.

Creo que estamos ante un cuadro maravilloso. Unos datos rápidos: fue pintado por Caravaggio en 1601. El cardenal Matteo Contarelli, al morir, dejó dinero suficiente para decorar una capilla con escenas de la vida de su santo patrón, el evangelista san Mateo.

Pero, en realidad, eso no es lo más importante. Lo que verdaderamente nos interesa es que el cuadro nos hable, porque una obra de arte no tiene sentido si no nos interpela, si no nos obliga a detenernos y a preguntarnos por nuestra propia vida. Caravaggio no pintó solo un momento de la historia; pintó una escena que sigue ocurriendo cada día. Por eso me gustaría que, por un momento, dejáramos de mirar el cuadro y permitiéramos que fuera él quien nos mirara a nosotros.

Habla Mateo

Era un día cualquiera en mi mesa. Cobraba impuestos como cualquier otro día. Recuerdo que, al salir de casa aquella mañana, me pregunté por mi felicidad. No tenía claro que lo que hacía llenara del todo mi corazón, pero había que trabajar para el Imperio. Había cuentas que cerrar, monedas que contar y una vida que sacar adelante. Al fin y al cabo, uno termina acostumbrándose a vivir con un vacío cuando cree que no existe otra manera de hacerlo.

Mientras hacía mi trabajo, de repente comenzó a escucharse un gran alboroto. Mucha gente seguía a un hombre; apenas se le distinguía entre la multitud. Continué haciendo como que nada ocurría, aunque, sin saber por qué, sentí un calor dentro de mí. Era como si algo me dijera que levantara la vista. Pero seguí contando monedas. Siempre es más fácil mirar el dinero que mirar el corazón.

Entonces sucedió.

El hombre se detuvo justo delante de mí. Levantó su mano, una mano firme y llena de ternura. No levantó la voz, no discutió conmigo, no me echó en cara mi pasado. Simplemente me miró. Fue una mirada que atravesó todas mis defensas, una mirada que parecía conocer cada rincón de mi historia. Después pronunció solamente una palabra:

“Sígueme”.

En aquel instante comprendí que llevaba toda la vida esperando escuchar esa voz.

Sentí una fuerza interior que me levantó. Dejé la mesa, el dinero, mis seguridades, mis planes y la imagen que los demás tenían de mí. Lo abandoné todo porque, por primera vez, encontré algo que valía infinitamente más.

Renuncié a construir el imperio de los hombres para convertirme en constructor del Reino de Dios. Un Reino por el que merece la pena jugarse la vida, por el que hay que trabajar e, incluso, morir, pero siempre por amor y desde el amor. Porque el Reino no se levanta con poder, sino con corazones capaces de responder a la llamada de Dios.

A veces me preguntan qué fue lo que vi en aquel hombre. Yo siempre respondo lo mismo: no fui yo quien descubrió a Jesús; fue Jesús quien me encontró a mí cuando yo creía que mi vida ya estaba escrita.

¿Quién iba a pensar que aquel día, aparentemente igual que cualquier otro, cambiaría mi vida para siempre?

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