E se Deus te chama? Frei Randy respondeu a essa pergunta para sempre

Como se descobre uma vocação? Após a sua profissão solene, frei Randy conta um caminho de medo, acompanhamento e amor que terminou em um sim para sempre.

Treinta años después de recibir el Bautismo en la misma iglesia, fray Randy Josue Campos Porras volvió al lugar donde comenzó su camino de fe para pronunciar un “sí” para siempre. Tras emitir su profesión solemne como agustino recoleto, explicó su vocación con una certeza sencilla: no celebraba haber cumplido un sueño, sino la fidelidad de un Dios que llamó primero.

Hay preguntas que pueden acompañarte durante años. ¿Qué quiere Dios de mí? ¿Para qué estoy aquí? ¿Y si Dios me llama? ¿Sería capaz de dejarlo todo? ¿Cómo puedo saber si realmente tengo vocación?

Fray Randy Josue Campos Porras también tuvo que responder a esas preguntas. Y el día de su profesión solemne como agustino recoleto lo hizo públicamente y para siempre.

No habló de héroes ni de personas extraordinarias. Tampoco presentó su vocación como la historia de alguien que un día decidió ser generoso y entregárselo todo a Dios. Habló de fragilidad, de miedo, de personas que acompañan y, sobre todo, de un Dios que se adelanta y ama primero.

Estas fueron sus palabras tras emitir su profesión solemne.

Dios me llamó y yo solo he querido responder

El 31 de marzo de 1996, en este templo, recibía, de manos de un agustino recoleto, fray Miguel Contreras, las aguas del Bautismo e iniciaba así mi camino de fe de la mano de mis padres. Hoy, 30 años después, en esta misma iglesia, delante también de un agustino recoleto, con mis padres y la Virgen del Carmen como testigos, reafirmo mi consagración bautismal profesando los consejos evangélicos de pobreza, castidad y obediencia.

La teología de la vida consagrada dice que la vida del consagrado debe ser expresión y profecía de los bienes del cielo, pero la realidad es que soy un ser humano frágil y pecador. Por esa razón, la alegría que hoy me invade y la razón por la que celebramos no es porque alguien ha “cumplido un sueño” o porque alguien haya “sido generoso al entregarse al Señor”. No. Hoy celebramos la fidelidad de Dios.

Dios me llamó. Dios nos llama a todos. Y hoy solo he querido responder desde mis limitaciones.

“El que pasa a Cristo, pasa del temor al amor y comienza a poder ya con el amor lo que con el temor no podía”, dice nuestro padre san Agustín en el sermón 32.

He elegido esta frase para el día de hoy porque todo mi proceso, no solo vocacional, sino también de vida, ha sido un constante redescubrir el amor que Dios me tiene; descubrir que, antes de que yo siquiera pudiera responder, Él ya había salido a mi encuentro y había disipado el temor.

Solo quien se descubre verdaderamente amado por un amor eterno puede entregarse y gastar su vida para que otros también sepan que alguien los ama.

De eso quiero que se trate mi consagración. Oren para que así sea.

La gratitud es, en primer lugar, para el Dios fiel que ha sido mi compañero y para su Madre, que de formas misteriosas ha acompañado mi camino siempre.

Una vocación que nunca se recorre solo

Quiero agradecer a papi y a mami. Ellos me apoyaron desde el primer día que, con miedo, les dije que quería entrar en esta aventura. Sé que para ellos también ha sido difícil tenerme lejos, sobre todo en los momentos difíciles con la salud de papi y, en general, con cuestiones familiares. Sin embargo, siempre valientes, nunca se han quejado de este camino que escogí; al contrario, se han mostrado siempre agradecidos con Dios y sé que no han dejado de orar por este momento.

No habría sido posible estar aquí hoy si no hubiera sido por mi hermano Jeremy, pues ha asumido una responsabilidad que no le tocaba solo a él para permitirme seguir esta vocación. Y no sé si se lo he dicho tan claramente, pero: mil gracias por eso. Dios te lo pagará.

Mi familia, en general, ha sido muy generosa y Dios sabe cuánto los amo y agradezco: desde mis abuelas, que sembraron la fe en la familia y que ya no están, pero nos miran sonrientes desde el cielo, así como Macho, tía Enid, tío Allan y todos los que ya se fueron. Bendito sea Dios por sus vidas.

Gracias a tía Mila y todos los de su casa, a tía Marta y sus hijos, a todos mis familiares.

Tengo mucho que agradecer a mi comunidad eclesial, esa primera comunidad que me enseñó a ser Iglesia, a vivir en fraternidad: mi comunidad de Santa Rosa de Lima en Montecillos.

Allí hice amigos, pero, sobre todo, hermanos, muchos de los cuales hoy están aquí y han trabajado para esta celebración. Gracias a todos los que fueron mis catequistas, compañeros y coservidores. Gracias a los frailes que estuvieron durante ese periodo de mi vida y que ahora ya no están con nosotros o sirven en otros lugares, como fray Jesús Ortega, fray Pedro Apesteguía, fray José Luis, Luis, Bernardo y Chencho, y tantos otros.

Por eso hoy he querido que la imagen de santa Rosa estuviera en esta celebración, para recordar mi amor por esta comunidad y su papel fundamental en mi vocación.

Gracias a mis amigos, que me demostraron a lo largo de toda mi vida, como le ocurrió a san Agustín, que sin amigos no se puede ser plenamente humano. Gracias, chiquillos.

Dejarse acompañar para descubrir la vocación

Gracias a mis comunidades desde que entré al postulantado en 2016, allá en Pozos de Santa Ana, y a la gente buena que allí conocí.

Gracias a mis formadores y acompañantes; a fray Víctor, que fue un padre cercano en este primer periodo; a fray Bernal, mi amigo durante toda la formación.

Después, en el noviciado, la mejor de las etapas de mi vida, donde fui muy feliz, muchas gracias a fray Wilmer por ser un excelente maestro.

A mis connovicios, de quienes quiero hacer una mención especial. Como escucharon, el canto del “Ten piedad” fue en portugués. Pues bien, ese mismo fue el canto que utilizamos en mi primera profesión, allá en España, en 2021. Lo hicimos porque mis connovicios, Mateus, Guiomar, Joao y Rodrigo, son brasileños. Y aunque algunos de ellos ya tomaron otros caminos, los recuerdo hoy con mucho cariño y rezo por ellos.

Gracias a mi comunidad de Las Rozas, donde forjé mi ser religioso y buena parte de lo que quiero y lo que no quiero para mi vida consagrada.

Finalmente, agradezco a mi comunidad de inserción, que por circunstancias de la vida no fue a la que el provincial me destinó, pero que se hizo parte de mi historia: Ciudad de los Niños.

En ella conocí maravillosas personas, que se hicieron mis amigos, mis hermanos, y descubrí que se puede amar en lo sencillo del trabajo cotidiano. Allí me enfrenté a los peligros de una vida religiosa meramente funcional o administrativa, pero, gracias a la oración y al excelente trabajo de los laicos, pude transformarla en amor que se difunde.

Los muchachos allí me enseñaron que la vida consagrada ha de ser fecunda en amor y que nuestra labor es mostrar que hay razones para amar, vivir y servir.

Gracias a los chicos de la JAR, a los colaboradores de CDN, del CEAR y el TOA. Gracias.

Gracias a la comunidad religiosa, esa que oraba conmigo en la capilla, que era fiel a los rezos y a la comunidad, esa que servía y se entregaba por amor.

Gracias al prior, ahora delegado, fray Rogelio, por su atención; a fray Lalo, por su fraternidad y escucha; a fray Ednando, mi amigo y compañero en todos los esfuerzos por hacer de CDN un lugar más fraterno. Gracias a fray Beto, que ahora es mi párroco, por su labor pastoral. De verdad, Dios los bendiga.

En este camino se queda mucha gente. A todos agradezco profundamente, incluso a los que dificultaron mi caminar, de los que también aprendí cómo no ser un religioso. También a ellos, gracias.

Gracias a fray Juan Carlos, vicario de México y Costa Rica, que preside esta Eucaristía. Gracias por estar aquí. Y a fray Francisco Sandoval, en representación de mi futura comunidad en Estados Unidos, gracias por estar aquí.

Gracias a esta comunidad parroquial, que ha trabajado junto a los frailes. Gracias a los monaguillos; al coro, que lo ha hecho magnífico; a mi amigo Chalito y a Cuca, con las fotos y vídeos.

A todos, muchas gracias.

Dios los bendiga.

¿Y si Dios también te está llamando?

La historia de fray Randy no comenzó el día de su profesión solemne. Comenzó mucho antes: en el Bautismo, en su familia, en una comunidad cristiana, entre amigos, en las personas que sembraron la fe y también en aquel momento en el que tuvo que decir a sus padres, todavía “con miedo”, que quería comenzar aquella aventura.

Su respuesta tampoco llegó de una vez.

Hubo postulantado, noviciado, formación, comunidades, acompañantes, alegrías, dificultades y personas que incluso tomaron otros caminos. Pero, atravesándolo todo, Randy descubrió algo que terminó siendo más importante que sus propias seguridades: antes de que él pudiera responder a Dios, Dios ya había salido a su encuentro.

Quizá por eso, cuando hablamos de vocación, la primera pregunta no sea “¿seré capaz?”, ni siquiera “¿qué tengo que dejar?”.

Tal vez la pregunta sea mucho más sencilla:

¿Y si Dios me está llamando?

No tengas miedo de hacerte la pregunta.

Compartir Entrada: